
“¿Qué habrá, cuando falte yo? No habrá nada. Entonces ¿dónde estaré, cuando ya no sea? ¿Será la muerte? No, no quiero.” Se levantó, quiso encender la vela, buscó a tientas con las manos temblorosas, se le cayó la vela del candelero y de nuevo se tumbó sobre la almohada. “¿Para qué? Da lo mismo – se decía con los ojos abiertos, mirando en la oscuridad-. Es la muerte. Sí. La muerte. Y ninguno de ellos lo sabe, ni quieren saberlo, no se compadecen de mí. Se divierten.- Oía las voces y el ritornelo como si fueran muy lejanos, pues la puerta estaba cerrada-. A ellos les da lo mismo, pero también ellos morirán. Qué estupidez. Yo antes, ellos después; pero les ocurrirá lo mismo. Y se alegran. ¡Cerdos!” La ira le ahogaba. Sentía una tortura espantosa, insoportable. Pero no puede ser que todos estén siempre condenados a este miedo horrible. Se levantó.
-fragmento de La muerte de Iván Ilich de Leon Tolstoi.
-fragmento de La muerte de Iván Ilich de Leon Tolstoi.
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