“Qué triste es llegar para siempre a cualquier sitio.”

Jane Austen

9 de mayo de 2011

Cuaderno de Bitácora: Roma feb 2007.


Signori, Ragazzas….!!!Bienvenidos al circo!!. Esto es Roma.

Pónganse guapos, que empieza la película. No verán gladiadores, ni emperadores con túnica. No deslumbrarán a Sofía Loren, ni rodarán la Dolce Vitta. No verán fumata blanca, ni besarán la mano del Santo Pontífice.
Pero de todo ello, estarán ustedes cerca.
Simplemente adéntrense, paseen y vean. Respiren el ambiente, y disfruten. Acaban de convertirse en espectadores activos del jocoso mundo del Circo Romano.

La ciudad del arte y la historia les da la bienvenida con tonos elevados y conversaciones bulliciosas. A partir de entonces, la elección de a qué momento del tiempo volver, es cosa de ustedes.
De lo que no van a escapar, es del retroceso.

Empecemos por el origen de la ciudad, con la búsqueda de Rómulo y Remo entre las ruinas del Palatino, o rememorando los primeros combates en el magno Colosseo. En un abrir y cerrar de ojos, disfrutaremos del esplendor del renacimiento “sixtino”, que bajo órdenes papales configura ese desbordante Vaticano, en el que hay que descubrir La Pietà para recuperar la intimidad que requiere San Pietro.

El glamour ilustrado nos invade en la Piazza di Spagna, donde literatos y gente guapa se hicieron hueco en el s. XVIII, para hoy dejar paso a marcas y a moda, y a inigualables colas en “soldi”, mi preferido.

La Roma de película se asoma ya a pocos metros, una impactante Fontana di Trevi nos evoca ese baño nocturno rodado por Fellini y nos invita a volver a salto de una moneda. El barroco se hace dueño de la acogedora Piazza Navona, y esa la lucha entre Bernini y Borromini.

Tras sobrecogernos ante los súbitamente aparecidos Pantheon y Templo de Adriano, nos calentamos con el café único de Sant’Eustachio, y nos integramos en el revoltoso día a día romano en Campo de’ Fiori, donde entre risas y voces, nos venden todo tipo de pasta y embutido.
lo autentico, llega al cruzar la Isla tiverina y pisar el Trastevere. Cercando a Santa María, callejuelas de colores, librerías para quedarse, y trattorias con encanto, crean un ambiente cálido y real, alejado del gentío turístico y de las serenatas romanas.

Y seguiríamos nombrando piazzas, palazzos, obeliscos, fontanas y pontes. Porque al girar cada via, siempre nos asombramos ante una impactante parte de la historia que ha hecho crecer Roma. Pero crecer no es evolucionar, y ahí es donde esta preciosa capital europea encuentra su telón de Aquiles. Porque no se trata sólo de igualar el refinamiento de su rival Milán, u de otras ciudades europeas, y mostrar rincones y espacios con estilo y delicadeza.

Se trata de estar acorde con la vida urbana del s. XXI, en la que el griterío en la calle ha dado paso a diálogos acordes, donde el metro suele tener más de dos líneas, y en cuyas escaleras se sitúa uno a la derecha para dejar paso a quienes van apresurados Una vida urbana donde en los restaurantes se prima el servicio al cliente, y donde las normas de tráfico se respetan para evitar las caóticas broncas de vespas y cinquecentos.

Y no se trata de ser serios, sino de ser menos toscos. Y no se trata de dejar de ser Roma, sino de ser una Roma mejor. Y no se trata de dejar de mostrar, sino de salir de la película para integrar una realidad.
La alegría de una ciudad no va reñida con su evolución, pero el retroceso limita el esplendor y acaba mermándolo.

Signori, Ragazzas….!!!Bienvenidos al circo!!. Esto es Roma.

Cuaderno de bitácora Paris.




París me recibe bañada en oro. No el de sus palacios ni el de sus vastos monumentos, no el de sus celebradas columnas o puentes laudeados. Ese oro forma ya parte de su ruta turística, y lo bueno de poder repetir un destino, es que los sentidos empiezan a despertarse con las pequeñas cosas.

las jeunes se lanzan a la calle pisando sus primeros días de clase enfundadas en UGGs, mientras que las femmes resisten sin medias, pero resguardándose con boinas y gabardinas. Un París que susurra viento, y cuyo sol engañoso juega con los turistas, mientras los autóctonos saben que, como mucho en media hora, tendrán que desplegar el paraguas.

Un alma parisina que descubrimos en sus cafés, donde aspirantes a nuevos Sartre oModiano debaten sobre la vie y l’amour, acicalados con écharpes y americanas, escrutando bajo sus gafas de pasta cada palabra de sus libros de viejo. Su chic glamouroso embellece la ciudad. Es un alma que se cuela por las buhardillas sobre el Sena, a través de esas casas que convierten cada calle en una instantánea a ilustrar. Un alma que pasea en vélos quais y puentes anudados por candados, obligándonos a recordar que levitamos sobre la ciudad del amor. Un alma que tiñe con estilo esos rincones del París Bo-Bo, por donde bohemios y burgueses se expanden entre bistrós, boutiques y anticuarios alrededor de la Rue Vieille du Temple.

Deseosa de llegar al museo del ejercito, donde me invade el pasado,como centro de investigación y documentación del Holocausto a los judíos franceses.

Me tengo que despedir de París. Por culpa de colas no he podido saludar a Monet en su máxima retrospectiva puesta en marcha, y se me ha quedado corta la parada sobre el césped de La Place des Voges. Tendremos que volver.


À bientôt!!!