
París me recibe bañada en oro. No el de sus palacios ni el de sus vastos monumentos, no el de sus celebradas columnas o puentes laudeados. Ese oro forma ya parte de su ruta turística, y lo bueno de poder repetir un destino, es que los sentidos empiezan a despertarse con las pequeñas cosas.
las jeunes se lanzan a la calle pisando sus primeros días de clase enfundadas en UGGs, mientras que las femmes resisten sin medias, pero resguardándose con boinas y gabardinas. Un París que susurra viento, y cuyo sol engañoso juega con los turistas, mientras los autóctonos saben que, como mucho en media hora, tendrán que desplegar el paraguas.
Un alma parisina que descubrimos en sus cafés, donde aspirantes a nuevos Sartre oModiano debaten sobre la vie y l’amour, acicalados con écharpes y americanas, escrutando bajo sus gafas de pasta cada palabra de sus libros de viejo. Su chic glamouroso embellece la ciudad. Es un alma que se cuela por las buhardillas sobre el Sena, a través de esas casas que convierten cada calle en una instantánea a ilustrar. Un alma que pasea en vélos quais y puentes anudados por candados, obligándonos a recordar que levitamos sobre la ciudad del amor. Un alma que tiñe con estilo esos rincones del París Bo-Bo, por donde bohemios y burgueses se expanden entre bistrós, boutiques y anticuarios alrededor de la Rue Vieille du Temple.
Deseosa de llegar al museo del ejercito, donde me invade el pasado,como centro de investigación y documentación del Holocausto a los judíos franceses.
Me tengo que despedir de París. Por culpa de colas no he podido saludar a Monet en su máxima retrospectiva puesta en marcha, y se me ha quedado corta la parada sobre el césped de La Place des Voges. Tendremos que volver.
À bientôt!!!
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