Carolina estaba obsesionada con lo fortuito. Hace unos días se había topado en Malasaña con una amiga del colegio a la que creía viviendo en Canarias. Estaba de luna de miel, se había pasado por el barrio a ver tiendas y había entrado en esta. Casualmente, en la que Carolina trabajaba. Hacía 16 años que no se veían. Otro día se acordó del grupo Parchís, y al pasar por delante de una tienda estaba sonando. ¡Parchís! Increíble... ¿Qué posibilidades había?
Todo parecía casual, indescifrable por caótico e impredecible. Le estaba dando tantas vueltas al asunto que se tuvo que sentar en un banco para poner en orden sus pensamientos.
Entonces apareció él. Ahora llevaba barba y le clareaba el pelo, pero seguía mirando tan profundamente como hace tantos años. Al poco estaban hablando como si se hubiesen visto ayer, y cuando Carolina le comentó la casualidad que suponía encontrarse en la calle, él se rió. "¿Es raro que nos encontremos? Lo raro es que todos los días pase lo mismo. Cosas así hacen de la vida algo mucho más emocionante".
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